
Se tumbó en la cama, su hora había llegado, y como cada día a las 23:00 su cuerpo le pedía el descanso. No conseguía cerrar los ojos y en su mente las cosas daban vueltas y vueltas a un ritmo exagerado, a penas podía dar respuesta a sus propias preguntas, porque las preguntas se acumulaban y salían sin paciencia y sin piedad. Lo notaba y aún en entre tanta confusión, entre tantas voces, intentaba buscar la calma, se repetía: tranquila, respira, tranquila, respira, no te dejes, para, tranquila, podrás con ello, ... sus pulsaciones cada vez eran más aceleradas y podía notar la velocidad con que su corazón, que latía cada vez más fuerte, a un ritmo desesperado y disparatado le obligaba, como suplicándole a desatarse, empujando la sangre que recorría por su cuerpo más rápido. Seguidamente la presión en el pecho y la falta de aire. Como si le estuviesen estrangulando se arranco las cadenas que colgaban de su cuello. Llegaba el momento en que perdía el control, lo sabía, la autoventilación le provocaba el mareo y la sensación de no poder soportarlo. Retiró la sábana para no ahogarse, pero su cuerpo boca abajo, engarrotado y paralizado era incapaz de reaccionar, ni siquiera para avisar a su compañero de cama para que le ayudara. Sus ojos llenos de tristeza y miedo. En su interior gritaba ayuda, pero el pánico que estaba sintiendo, suplicando que no fuera a más, le impedían moverse. Sólo pudo estirar el brazo para alcanzar los tranquilizantes que siempre tenía en su mesita de noche, no sabía cuantos necesitaba para que todo pasara lo antes posible, pero a pesar de todo y entre tanto desespero sabía que no quería morir, sus manos tiritaban tanto como su mandíbula. En una mano las pastillas y en la otra el vaso de agua. Las tragó con el agua que consiguió no derramar. En unos minutos su corazón había bajado el ritmo y su mente se balanceaba entre pensamientos cada vez mas difuminados. Apenas se escuchaba su propia respiración. Ahora ya sabía que descansaría y que esas voces inseguras callarían.